Lloyd M Perry

Nuestra preocupación principal debe ser que el sermón sea bíblico, lógico’ y práctico. ¡La etiqueta con la cual se lo identifique no es la característica más importante! Paul Rees, al escribir para Christianity Today, señala cinco elementos clave en el sermón eficaz.  1. El primero es que sea relevante. (Sin embargo, advierte con toda razón que la iglesia que esté casada con el espíritu de una edad se encontrará viuda en la siguiente.

2. El segundo elemento es que sea concreto. Esto se puede desarrollar, siendo muy exacto en la selección y uso de las palabras.

3. El tercer elemento es que tenga vividas imágenes verbales.

4. El cuarto es la esencia, y con esta palabra se refiere al “sentido” del sermón.

5. El quinto y último elemento es el de la claridad.

Al mismo tiempo que se deja llevar por el afán de claridad, el predicador debe cerciorarse de que el sermón se encamine a una meta. Debe esforzarse por ser sencillo, cultivar lo concreto, planificar que haya una progresión e insistir en la aplicación práctica.

Quisiera sugerir que la predicación bíblica eficaz debe caracterizarse por ser personal. Bien ha dicho MacPherson: “Para nosotros, los artesanos del sermón, nuestros oyentes son a la vez lienzo y cliente, al mismo tiempo los materiales en los que ejecutamos nuestras pinturas y el público que las inspecciona y evalúa. Por tanto, hay una doble razón para que la gente merezca nuestro profundo interés.”

M. Reu escribe que “La predicación es fundamentalmente una parte del cuidado de las almas, y el cuidado de las almas comprende una comprensión completa de la congregación. El predicador … Debe ser un fiel pastor.” Es aquello que sale del corazón lo que tiene más probabilidades de llegar al corazón. El poder en el púlpito viene en parte de la capacidad del predicador para hablar a partir de su experiencia.

Sanford señala que los elementos esenciales del predicador son los siguientes:

1. Un conocimiento seguro de su propia salvación y del santo llamado que hay sobre su vida.

2. Una vida piadosa verdaderamente profunda.

3. Un contacto constante con los hombres en su realidad diaria.

3. Un espíritu de servicio y de abnegación.

El predicador no puede cambiar vidas hablando elocuentemente de lo que se oye decir. No puede compartir lo que no tiene, ni revelar lo que no ha visto.

Es imprescindible que el predicador conozca a su diente tanto como a su producto. Cuando el predicador no comprende la necesidad de conocer a aquellos a quienes les está presentando su mensaje, mucho de lo que proclama simplemente carece de interés. En muchos casos, habría sido mejor no decirlo. Esto es lo que ha llevado a algunos a hablar de la estrechez de miras del púlpito.

El predicador debe estudiar a su audiencia, y con la ayuda del Espíritu de Dios, ajustar su presentación, según constituya un grupo creyente, apático, lleno de dudas u hostil. Esto comprende el proceso de aplicación del sermón, que consiste en relacionar la verdad eterna, descubierta por la investigación y aclarada por la interpretación, al ambiente de la congregación que tiene enfrente el predicador.

La predicación bíblica eficaz debe tener un propósito. La filosofía, fin o meta de una persona debe gobernar el material que usará y el método que empleará. La regla es comenzar con sus propósitos, y no con sus planes. El sermón que se caracterice por tener un propósito, será único en su mensaje, único en su espíritu, y tendrá por fin una vida más cercana a Dios.

La predicación bíblica eficaz debe ser persuasiva. La palabra persuasi­va procede de otras dos, y su significado etimológico sería “por medio de la suavidad”. Hay varias formas de llevar a la gente a hacer lo que queremos que haga. Se puede lograr por medio de la fuerza, por medio de una estructuración física de la situación, por medio de la imitación forzada, por simple expresión, por persuasión oral, o por medio del compromiso personal. A pesar de todo esto, el séptimo medio es el más importante y poderoso, y este es el amor. El amor es la vía más excelente. Henry Drummond ( 1851 -97) se refería a él como “lo más grande del mundo”. El himno del amor ( I Corintios 13) resalta el hecho de que el amor hace que nuestras acciones sean provechosas, tanto para el tiempo como para la eternidad.

La elocuencia, la profecía y hasta el martirio no producen nada de valor sin amor. El amor santifica todos los dones. El amor es la marca cristiana sobre nuestra personalidad. El amor nos proporciona la seguridad de la victoria. La fe sin esperanza ni amor es sólo una convicción intelectual. La esperanza sin fe ni amor se convierte en un sueño. El amor sin fe ni esperanza es una pasión. Necesitamos los tres: fe, esperanza y especialmente amor.

La predicación bíblica eficaz debe ser profética. El poder de la predicación ha decaído debido a que se ha ignorado al Espíritu Santo como su supremo inspirador. Sencillamente, el buen predicador no usa el Espíritu, sino que es usado por El. Corwin Roach hacía esta pregunta: “¿Cuánta dinamita hay en nuestra predicación para hacer volar por los aires el mal y preparar el camino para el bien? Con frecuencia, todo lo que tenemos es el fusible. No tenemos la carga que necesitamos. Somos cascos vacíos o cartuchos sin carga.“

A través de los años, las analogías que hacen referencia al Espíritu Santo han tenido gran significado para mí. En Juan 3 se le compara al viento que sopla. En Hechos 2 se le iguala al fuego que purifica. En Isaías 61 se le iguala al aceite que vigoriza. En Apocalipsis 22 se le compara al agua que refresca. Necesitamos que El sople, purifique, vigorice y refresque nuestra predicación.

La Iglesia llena del Espíritu que se describe en Hechos 2:1-47 nos proporciona un provechoso contexto o escenario en cuanto a la predicación poderosa. El ministerio de esa Iglesia estaba marcado por el entusiasmo y un gran interés misionero (Hechos 2:1-13). El mensaje (Hechos 2:14-37) estaba apoyado en oración, se centraba en la Biblia y hacía resaltar la victoriosa resurrección de Cristo. No es de extrañar que un mensaje así produjera convicción. Los miembros de aquella Iglesia llena del Espíritu (Hechos 2:38-47) podían ser identificados por sus características (versículo 38), sus actividades (versículo 42) y sus actitudes (versículos 44-47). Si unas cuantas personas se inflamaran de verdad con el evangelio, no habría nadie capaz de medir o calcular los resultados de una conflagración así.

Me hallaba en la oscuridad de la noche al pie de Glacier Point, en el parque nacional de Yosemite. Habían apagado las luces, y esperábamos en la oscuridad la avalancha de carbones encendidos que caerían desde lo alto hacia el valle. Una voz gritó en medio de la noche: “¡Que caiga el fuego!” Se oyó otra voz que respondía en medio de las tinieblas: “{Ya cae el fuego!” Miré aquella avalancha de tizones encendidos que fueron empujados hasta el borde del precipicio, para que cayeran como una gran pared de fuego. Nunca olvidaré aquel asombroso espectáculo del fuego que caía. Hoy digo lo mismo que dije aquella noche: “¡Que caiga el fuego de Dios!”

Lloyd M Perry. 1986. Predicacion Biblica Para El Mundo Actual. Pag. 16-17-18-19

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